Gabriel López, propietario de una librería de la calle San Diego:

 

“Los libros no solo entregan cultura,

también entretención”

 

En la década del 60, el barrio San Diego fue uno de los sectores comerciales con mayor auge del país. Sus tiendas de libros, de sastrería o de diferentes artículos hicieron de esta calle un gran paseo comercial. Esto, bien lo recuerda Gabriel López, quien con más de 45 años en ese lugar, vivió el subir y el decaer de este barrio, el que dice, lleva en el corazón.

 

 

La librería esta desordenada y es Don Gabriel, un hombre mayor, que viste camisa con corbata y que posee unos enormes ojos verdes, quien en compañía de dos, de sus cuatro hijos, la ordena con paciencia y dedicación como si se tratara de un acción sagrada para ellos.

Y es que lo es.                                                

 

Hace más de 45 años que Gabriel López decidió poner una librería en pleno barrio San Diego. Explica que lo hizo por amor a los libros, a la cultura, a la educación, pero sobre todo por amor a su padre, quien fue un referente en su vida:

 “Cuando yo era niño, mi padre era un obrero sin educación, pero a pesar de esto siempre sintió un gran amor por los libros y los diferentes textos. Quiso que sus hijos estudiáramos y nos nutriéramos de todo lo que entregan los libros”, cuenta mientras mira con nostalgia una foto en blanco y negro donde sale su padre.

Quiso estudiar educación, para ser profesor de castellano, como lo llamaban en aquella época, pero la situación económica no se lo permitió.

Sin embargo logró, en compañía de su difunta esposa, instalar un pequeño puesto de libros en la calle San Diego.

 

“Durante los 60, este barrio fue muy bueno para los comerciantes que teníamos negocios en este lugar. La gente venia a comprar todos los días y los fines de semanas esto se llenaba hasta mas no poder”, recuerda mientras sigue ordenando su local.

Y es que Don Gabriel fue testigo del momento de gloria del barrio, tiempos en lo que se vendían un gran número de cosas y tiempo, también, en el que las personas se daban el espacio para observar y comprar.

Y es que todo lo que rodeaba este sector parecía favorecer el comercio de este lugar. El Terminal de Buses ubicado en la Plaza de Almagro, el transito de sur a norte, y la cercanía de la calle con el barrio Franklin, favoreció enormemente el comercio en San Diego y así lo reconocen quienes aprovecharon todos estos beneficios para bien propio.

 

Pero aun así, los tiempos de gloria no duraron mucho y bien lo recuerda Gabriel, quien a causa de la crisis tuvo que cerrar su negocio por un par de años.

“Todo iba bien, pero lo bueno no dura para siempre, señorita”, explica mientras se saca los anteojos de la cara.

“Cuando pasó todo lo del golpe de estado y los cambios que hicieron en la economía de este país, este lugar se vio muy afectado. Además de esto, nos cambiaron la dirección de la calle, lo que provocó que las personas ya no pasaran más por acá. Se les dificultó el acceso, y eso trajo como consecuencia, que no viniera más. Por eso muchos tuvimos que cerrar nuestros negocios. Algunos quebraron, otros lo perdieron todo y algunos, como yo, supieron esperar a que todo se estabilizara. Así yo pude volver abrir mi local. Tuve que esperar eso sí, pero con paciencia todo se puede”, ríe mientras mira con orgullo su tienda, que a pesar de la temprana hora de la mañana, se llena de a poco con clientes curiosos que buscan algo con que entretenerse o con jóvenes que buscan algún texto para el colegio o la universidad.

“Es que la gente cree que los libros solo entregan educación y cultura, pero están equivocados, los libros entretienen, le dan sabor a la vida. Para mí, han sido mi fuente de diversión por años. Uno se entretiene hablando con los clientes, buscando encargos o recordando épocas mirando revistas antiguas de moda o cine”

 

Siempre con una sonrisa en su rostro explica que ha pesar de todo lo malo que se vivió con el decaer del barrio, siempre llevará este lugar en su corazón y que por nada del mundo se movería de ahí.

“Aquí viví los mejores años de mi vida. Tuve grandes alegrías, como también sufrimientos, pero la vida esta llena de dulce y agraz”, piensa mientras continúa con su reflexión en voz alta, “Quiero pasar lo que me queda de vida acá, entre mis libros, mis enciclopedias, mis revistas, porque quiero que la gente siempre recuerde este lugar como el espacio donde encontraban todos los libros que querían. Además están mis clientes que siempre vienen, aquellos viejos como yo, que por amor a los libros y a la lectura, siguen manteniendo vivo el recuerdo de un barrio que significó tanto para muchos”.

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